Reescuchaba hace unos días al feliciólogo Ángel Rielo bromear seriamente sobre la necesidad de buscar la felicidad en nuestro interior, y no en el exterior; y recordaba que por algo nos llamamos “seres” humanos y no “teneres” humanos. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación.

En la sociedad en la que vivimos actualmente nos empeñamos en acumular, da igual qué. Y, en función de lo abultado de esa acumulación, valoramos a las personas, y a nosotras mismas. Nos equivocamos al invertir tiempo y dinero, tan preciados recursos, para adquirir conocimientos (y acreditarlos, claro está) en lugar de aprender.

El aprendizaje implica, por definición, vivenciar, experimentar, equivocarse o acertar; no valorar el resultado, sino el proceso, que es lo que nos hará interiorizarlo de por vida para ser capaces de responder en futuras ocasiones y en diferentes circunstancias.

Me contaba mi hijo de 12 años, bastante frustrado, que en clase de valores éticos le hicieron un examen (sí, sí, todo hay que evaluarlo y medirlo con un rasero igual para todas las personas, sin atender a ningún otro criterio) en el que le pedían su opinión sobre un tema que habían trabajado en clase. Mi hijo, que cuando coge carrerilla no hay quien le pare, se explayó todo lo que pudo argumentando desde su experiencia, desde el día a día que vive, desde lo que le gustaría que sucediera y cómo se podría conseguir. “Aprobado por pena”. Esa fue la respuesta de la profesora porque “eso no era lo que les habían dicho en clase”. El chaval, con la frescura y rebeldía de su edad, tuvo el valor de decirle: “la próxima vez que pidas mi opinión, espera encontrar algo que tú no hayas dicho, si no estarás valorando la tuya”. Nivel de satisfacción PRO, no puedo negarlo, eso es lo que siento. Llevado al ámbito laboral seguimos encontrando lo mismo: el clásico “no te pagamos por pensar”.

Como madre me preocupa poco o nada lo que estudien mis hijos, y a qué se dediquen en el futuro. Confío en ellos, en sus habilidades y sé que saldrán adelante. Lo que sí que me ocupa en el presente, es invertir en ellos lo necesario para que sean buenas personas, personas con criterio y no memorizadores de materias, que no se dejen llevar, que se conozcan, que tengan un propósito y unos valores en la vida (aunque no aprueben el examen ?), que aporten, que vivan en paz con ellos mismos y, por tanto, sean felices.

Como parte del equipo NER by K2K me siento comprometida y me aplico para que en el ámbito laboral también se confíe en las capacidades de las personas. Personas que piensen, opinen, participen, decidan, vivan conforme a sus valores, desarrollen su propósito y, en definitiva, sean felices. Una felicidad colectiva para una sociedad mejor.

Es hora de invertir los términos y dedicar la energía, el tiempo y el dinero a trabajar nuestro interior para poder tener un buen desempeño hacia el exterior. La salud física, mental y emocional determinan nuestra vida, pero seguimos sin invertir en ellas, salvo que sea algo evidente y notorio. Nos gastamos dinerales en gimnasios, tratamientos que nos quitan años para vernos bien, y viajes que cuanto más exóticos, más nos desconectan “por nuestra salud mental”. Reservamos presupuesto para certificar a superlíderes en nuestras organizaciones y obtener trofeos de gestión burocrática. Los “teneres” frente a los “seres”.

Nos equivocamos. No invertimos en felicidad. Seguimos sin invertir en nutrición para el cuerpo y el alma, en liderazgo interior; y seguimos sin invertir en experiencias prácticas que maduren las habilidades y competencias de las personas de nuestro entorno y organizaciones. ¿A qué estamos esperando?

Participo, día a día, en un plan de felicidad; eso ya me hace feliz. Cuando quieras, entre risas, te lo cuento.

(Sopelana, 1973). Soy una persona decidida, ingeniosa y comprometida. Defiendo los valores como motores y guías en mi vida. Me esfuerzo a diario para conseguir el crecimiento y la mejora personal y de mi entorno. Disfruto con cosas sencillas, reuniones familiares y de amigos, la lectura, una escapada al monte o a la playa, la música, el yoga o conocer nuevos lugares. Soy parte activa de una gran familia numerosa, casada y madre de dos chicos nacidos en 2006 y 2009. Hablo fluidamente inglés  y euskera, me defiendo bien en francés y en, algún momento, volveré a manejarme en alemán.